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o la traición


“Las pinturas, si tienen que tener un efecto,debe ser el de la tremenda intensidad del silencio [...]esa intensidad del silencio previo a la tormenta”.
Luc Tuymans, 1998

Conocí la pintura de Leila Tschopp hace unos tres años. En ese momento, estaba ocupada con una serie de retratos de niñas balthusianas en unos paisajes o ambientes. Me sorprendió lo diminuto y tremendamente intenso de esos pequeños cuadros. Luego, pude apreciar también un cambio dramático de muchas de las variables que, como pintora, ponía en juego: la escala, la desaparición de la figura humana, la planimetría que se iba imponiendo paulatinamente y la línea como un ínfimo dato de referencia espacial. Como espectador, esas obras me proponían un estado de preguntas más que de respuestas.
La pintura tiene ese tiempo que ninguna de las artes visuales posee. Una imagen fija que registra o presenta, representa o anima pero que finalmente dialoga. El diálogo reticente que entabla Leila con su pintura me recuerda a Gabriel Orozco cuando “da vuelta como a una media” a los objetos. Nos enfrenta a lo esencial de la materia evitando ilusionismos o anécdotas pintorescas para sumergirnos en una experiencia sensorial donde la infinitud y la planimetría, las acciones y las reflexiones ligadas a la actividad artística se imbrican con la vida cotidiana. Transitar, sacar fotos, digitalizar, pensar, proyectar, decidir y recortar para dejarnos en esa plena orfandad que la pintura como soporte, medio y objeto nos otorga desde siempre. No es un dato menor que estas pinturas sean y no sean a la vez paisajes reconocibles por el espectador; parece natural para Leila incomodarnos, recortar e imponer un estado donde la materia y el espacio fluyen. Y es por eso que sus pinturas se me antojan como preguntas.
Si despojar a las imágenes de la anécdota de qué espacios públicos y de reunión puntuales fueron utilizados es necesario para crear esta escena inadecuada donde se produce la gran traición a los sentidos que es esencia de toda pintura, en el espacio específico del cuartito empapelado de enfrente ocurre fatalmente lo contrario. Esta intervención lumínica-proyección de video concebida junto a Viviana Blanco está plagada de conjeturas acerca de la historia de este lugar común que se torna inquietante, con la extrañeza propia de un relato metafísico que es más tono que descripción. Es, como aclara Viviana, “llevar la hora de la siesta hasta el borde de la noche”. Un acto poético sutil, silencioso y pequeño donde la luz se transforma en documento.

Patricio Larrambebere
Noviembre 2006

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